miércoles, julio 16, 2008

UN CUENTO INEDITO DE MARINA COLASANTI.

El lobo y el cordero en el sueño de la niña

Había una vez un lobo.

Había una vez una niña que tenía miedo al lobo.

El lobo vivía en el sueño de la niña.

Cuando la niña decía que no quería ir a dormir porque tenía miedo al lobo, la madre respondía:

-Tonterías, hija, los sueños son sueños. Ese lobo no existe.

Ella estaba todavía intentando convencerse cuando, al espiar tras los árboles del sueño para ver si el lobo andaba ahí despierto, se topó con un corderito. Era blanco y enrulado, como todos los corderitos de sueño.

-Qué bueno que también estés viviendo aquí -dijo ella.

Y se hicieron amigos.

Pasado algún tiempo, sin embargo, cierto día en que el corderito pastaba margaritas, llevando a la niña en la otra punta de la cinta que ella le había puesto en el cuello, apareció el lobo.

-Los sueños son sueños -pensó la niña para tranquilizarse.

Y repitió las palabras de la madre:

-Ese lobo no existe.

Asustado, el corderito temblaba con la boca llena de flores.

-Si el lobo no existe -pensó la niña- el corderito tampoco.

Y a ella le gustaba tanto el corderito…

Entonces, tomó rápidamente al amigo por el cuello, afirmó los pies en el suelo. Y esperó al lobo.

En eso sonó el despertador y ella recordó que tenía que ir al colegio.

Estuvo todo el día preocupada por haber dejado al cordero solo con el lobo.

Por la noche, apenas terminó de cenar, le dio un beso a su madre y fue corriendo a dormir para socorrerlo.

Llegó al sueño despavorida. Y más despavorida quedó al ver al lobo encogido sobre una piedra, con el rabo entre las piernas y las orejas caídas, mientras el corderito erizado le gruñía entre los pequeños dientes amarillos.

La niña nunca había visto un cordero feroz.

El lobo tampoco.

Ni siquiera el cordero sabía de su odio. Gruñía y avanzaba hacia el lobo, hundiendo las pezuñas en la cubierta del sueño.

De susto, la niña despertó.

-Ahora -pensó en la seguridad de la cama-, voy a tener dos miedos de ir a dormir. Del lobo. Y del cordero.

Pero, por la noche, la madre no quiso escuchar historias. A las ocho, a la cama. La niña hizo todo para no pegar el sueño. Pensó incluso que sería bueno poder, por lo menos por una vez, ir a pasar la noche en el sueño de alguna amiga.

Pero, por más que se esforzó, tuvo, de repente, la impresión de ver un cordero saltar una cerca, después otro. Y al contar el tercer cordero, ¡cataplum! Fue ella la que saltó dentro del sueño.

Todo quieto, silencio.

El corderito no fue a recibirla. El lobo estaba escondido en algún repliegue de aquel manso dormir.

-¿Pero dónde quedarse? -pensó la niña-. Si camino sobre el pasto, el corderito es capaz de brincarme encima. Si voy hacia el bosque, el lobo me come.

Rápido trepó a un árbol. Eligió una rama, se sentó. No era muy confortable. La posición le dolía aquí y allí. Intentó otra, se recostó en el tronco. Pero era duro y le lastimaba la espalda. Y todavía encima, las hormigas, que ella no había visto, llegaban ahora a escalar sus piernas.

Gira y gira, mece y mece, la noche fue pasando, incómoda, dura, llena de asperezas. Y áspera fue quedando también la niña por dentro. Áspera e hinchada. Hinchada de rabia.

Hasta que, como si percibiese que allá afuera del sueño ya despuntaba el día, dio un salto hasta el suelo. Y, manitos en la cintura, gritó bien fuerte:

-¡Este sueño es mííííoooooooo!

Tan fuerte, que despertó.

Todavía faltaba tiempo para que sonara el despertador. Pero desde esa vez, la niña descubrió que iría a la escuela sin prisa, sin aflicción ninguna. Y por la noche, se acostaría a la hora que le pareciera, sin miedo. Sin tener que subirse a los árboles. Porque, al final, aquel sueño era suyo. Y, de ahora en adelante, ella era la que iba a mandar, y echar lobos y corderos de sus lugares. Y si era preciso, una que otra vez, daría unos buenos gruñidos y mostraría los dientes.

© Marina Colasanti.

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