domingo, noviembre 16, 2008

Orejas para los cuentos

La próxima que aparezca será mi última crónica en una temporada. Algunos las llaman críticas, pero no quisiera yo ser tan pretencioso. No tengo ni los conocimientos ni la experiencia necesarios para ello. Son sólo impresiones que no tratan ni de lejos de ser objetivas, más bien al contrario, intento que sean lo más personales posibles, y honestas hasta donde yo mismo lo soy.

Así que quiero aprovechar ahora para hacer crónica de los que escuchan, y que son la contraparte necesaria en todo esto. No podría haber tanto movimiento en torno a la narración oral si no hubiera orejas abiertas para escuchar.

En los dos años que hace que re-descubrí los cuentos contados, he ido conociendo estilos de cuentos, estilos de narración, y estilos de público. He notado, y es algo que me fascina y a lo que le doy muchas vueltas, porque apenas encuentro referencias directas al tema, lo importante que es el matiz para dar vida a una sesión de cuentos: el horario, la luz, el lugar; cómo influye todo esto en la reacción del público y cómo se refleja en el narrador a la hora de contar.

Ocurre, según me ha parecido en este tiempo, que el público los jueves en La Luna va a escuchar cuentos, pero con un objetivo mayoritariamente compartido: divertirse (hacer algo divertido). No sé hasta qué punto los programadores de La Luna, que ya llevan años en esta brega y saben lo que se traen entre manos, lo tienen en cuenta como un criterio a la hora de diseñar la programación; y hasta qué punto los narradores, conocedores o no de las sesiones de cuentos en La Luna, preparan sus sesiones con intención de que el público alcance su objetivo.

Yo también voy a La Luna a divertirme, aunque con el matiz de hacer algo diverso, diferente. Si la labor de los narradores orales entronca en la tradición de los cuentos junto a la lumbre, o en el filandón, o en la plaza, yo reivindico el papel de los que escuchan junto a la lumbre, o hilando y bordando, o compartiendo unos momentos con la comunidad, aparcado por un momento el trabajo diario de sobrevivir.

Quizá sea que ya no resulte tan duro sobrevivir, y no le demos tanta importancia al reposo; o que hay medios para distraerse de la supervivencia al margen de la comunidad. O también que yo trato de ver en este asunto de los cuentos algo más profundo de lo que hay realmente.

Recuerdo bien un momento del año pasado: en un momento de una de las sesiones, entre historias divertidas, hubo un cuento, no sé si triste, pero sí muy emotivo. Y en un instante determinado la mirada del narrador se cruzó con la mía y vi que los dos nos hacíamos la pregunta ¿de qué se ríen?

Puede ser que estemos más necesitados de risas de lo que pensamos. Pero desde aquí hago un llamamiento personal, privado, a los que acuden a La Luna los jueves: dejad que fluya el cuento, no os neguéis la posibilidad de reconocer o descubrir que también es divertido, según mi acepción, dejar que un cuento te ponga carne de gallina, o haga rodar una lágrima de emoción. Pensad que a lo mejor con un instante de silencio antes del aplauso, o con esa lágrima, le habéis alegrado el día al narrador. Y que durante ese momento habéis olvidado las preocupaciones de la jornada.

Tampoco es cuestión de ponerse trascendente: hay jueves que estoy ansioso de que llegue la hora porque sé que ese día, por quién viene, nos vamos a reír un rato bueno. Sólo pretendo animar al resto para que estén abiertos a recibir lo que se les ofrezca sin prejuicios, a esperar cada vez la maravilla de un descubrimiento. Que esto no tiene efectos secundarios adversos...


La nota (a quien corresponda):
A ver si cuando regrese hemos recuperado esa cerveza negra de barril, que la estoy echando de menos.

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